Casi toda mi vida viajé en colectivo, desde chico fui notando particularidades de ese transporte público conrespecto a los privados y a los demás transportes públicos de aquí y de otros países.
En la decada de los 90, el colectivo era un ambiente ameno y desregulado, al subir era el chofer el que vendía los boletos, recibía el dinero, hacía las cuentas, daba el vuelto y extendía su mano para darte el ticket de unos 4×1cm, que en cada línea tenía un diseño distinto combinando 2 o 3 colores en frajas verticales.
Se podía charlar con el chofer y el mismo podía fumar mientras manejaba.
Antes de las regulaciones, de que las reglas golpeen al carisma de la gente con su sequedad, había grandes incongruencias dentro del colectivo. Los respaldos de los asientos parecían diseñados para tortugas, donde uno si al sentarse intentaba imitar la silueta del mismo, quedaba encorvado hacia adelante con un dintel presionandole la nuca. Era posible -pensaba- que hayan sido diseñados por un único anciano, cuya espalda encajara perfectamente en aquel tazón vertical. De ser así, la explicación para que una sola persona tenga tanto poder de decisión pudo haber sido porque tuviera un gran talento humano o porque era director de la comisión reguladora de transportes y ninguna empresa se animaba a cambiar de diseño para no quedar mal con él. Algún día quizás lo sabré.
Otra curiosidad eran las ventanas, que no encajaban con la línea de asientos dando como resultado que algunos asientos tengan una ventana dedicada enteramente al pasajero, otros asientos con acceso parcial y otros más con la vista totalmente interrumpida por un marco de 30 cm que separaba ventana de ventana.
Vista de frente, la avertura contaba con 2 vidrios corredizos, donde cada uno cerraba una mitad de la misma. Cada uno de estos vidrios al abrirse, podía deslizarse hasta el final del riel, siendo su límite el marco opuesto de la ventana.
En los lugares donde una ventana estaba dispuesta entre dos asientos, si el pasajero de adelante abría su mitad hasta donde pudiese, entonces el pasajero detrás suyo, tendría doble vidrio obstaculizando su vista.
Aquí es donde nace el dilema, donde se disputan razones superiores como el disfrute, el egoismo y la codicia o el equilibrio, el balance y la justicia.
Una persona en su despreocupación pudiese abrir la ventana hasta el final. La persona detrás suyo podría interpretar esto como un abuso, donde la persona de adelante debiera conocer su derecho a tener la ventana abierta, pero sin interrumpir la ventana de la persona de atrás.
He visto gente discutir por esto. yo mismo en el micro escolar, que tenía el mismo diseño, tomé posición estratégica apoyando mi brazo para impedir que el que tuviera acceso a la misma ventana no tomase más de la mitad.
Sentarse en el asiento del dilema, cuando no había pasajeros contiguos, daba el placer de abrir la ventana en la total mitad de su extensión, permitiendo al viento entrar en volúmenes más que suficientes, haciendote sentir que volás a un metro y medio por encima de la calle, conectandote con la libertad.
Un sentimiento tan sublime no tarda en convencerte de que podrías abrir la ventana de esa manera sin importar si hay alguien al lado. Y alguna vez lo he hecho.
Por si a alguno le parece una pavada, creanme que en verano con 34 grados de calor en Buenos Aires, la ventana no es un factor menor.
Años más tarde las ventanas fueron reguladas con tacos incrustados en los rieles que impedian abrir más de un cuarto cada panel, entonces la injusticia se veía de otra manera al no poder abrir la ventana totalmente ¡aunque uno estuviera totalmente solo en el colectivo! pero la regularización de ventanas apareció para no molestar a los pasajeros contiguos, ni por negligencia ni por egoismo.
Esto me hace pensar en la economía, donde algunos tienen mucho dinero y otros poco. De los primeros algunos enfermos de codicia y otros solo tomando lo que otros no se atreven a tomar. De los segundos … bueno… son el 90% . Supongo que así como las discusiones en el colectivo, estallido tras estallido la sociedad irá cambiando a algo más equitativo para todos, ya sea un capitalismo menos agresivo o un seudosocialismo evolucionado.
Pero hay algo que seguiría quedando en el tintero,
Porque si bien es verdad que nunca he visto a nadie más discutir acerca de cuan abierta tenía su ventana ni demandarle más espacio de abertura al pasajero de adelante, tampoco he visto a nadie más disfrutar sacando medio cuerpo fuera del colectivo ni sonreir al encontrar 2 asientos vacíos.